El karate es una forma de vida

“Irak. Febrero de 2004. Son las 9 ó 10 de la mañana. Dos blindados españoles van por la carretera de Nayaf a Diwaniya. Al mando un joven sargento de 30 y pocos años. Sabe que desde algún lugar gente armada los observa; que pueden haber colocado un artefacto explosivo en mitad de la carretera y que en cualquier momento pueden volar por los aires. O que pueden sufrir una emboscada. O que un francoti
rador le puede volar la cabeza de un disparo, a él, que va expuesto en lo alto del vehículo. Ha pasado muchas veces. Solo el que lo ha vivido sabe cómo es esa sensación, esa angustia, ese miedo… Pero aunque tiene miedo, conserva la calma. Incluso le ordena al conductor que vaya más despacio; la población debe verles fuertes, seguros de sí mismos. Tiene miedo, si. Pero conserva la sangre fría y se mantiene firme. Como a muchas otras personas en un momento dado de su vida le ha tocado vivir una situación difícil; pero la ha afrontado sin derrumbarse, con fortaleza física y (sobretodo) mental. Es karateca. Durante años su maestro le ha entrenado a trabajar bajo presión. Le ha enseñado a conservar la calma por encima del dolor moral o físico. Le ha enseñado a mantenerse firme en las circunstancias más adversas. Ha educado su mente y su espíritu, y sobretodo ha fortalecido su autodisciplina. Le ha enseñado que su peor enemigo es uno mismo”. He contado este ejemplo real porque sé que llamará la atención. Pero también podía haber contado cualquier otro ejemplo en cualquier otro lugar y profesión, ya que todos vivimos momentos de tensión, de stress, de miedo, de dudas… En un libro de karate que me han prestado hace poco dice: “La tranquilidad con que un practicante de karate afronta cualquier circunstancia, la seguridad y aplomo que hace gala, no son sino consecuencia de su preparación, del extraordinario grado de potencialidad que posee, que le da la garantía de poder superar cualquier situación límite”. La gente ve el karate como un método de defensa personal. O como un deporte. O ambas cosas. Pero es mucho más que eso: es una filosofía de vida. En la práctica del karate se enseñan una serie de principios. Se transmite una técnica, un respeto, una ética y una serie de preceptos morales. Se transmite una disciplina de la que la sociedad hoy día carece, como también carece de las demás virtudes mencionadas antes. Te enseña una filosofía de vida que te permite afrontar los retos diarios a los que te somete la vida. Desarrolla tu personalidad y tu destreza física y mental, tu concentración, tu resistencia psíquica (y física por supuesto), tu equilibrio emocional. Tu autodisciplina. Te enseña un camino, el DO, y los principios del BUSHIDO, el honor, la lealtad, la rectitud, el coraje, la benevolencia y el respeto. Todo esto es lo que te ayudará día a día a levantarte cuando caes, a mantenerte firme ante las adversidades, a no rendirte, a respetar a las personas, a mantener tu palabra, a buscar al amigo, cuando más te necesite, porque será cuando estará solo. Da igual que seas bombero, médico, administrativo, cartero, contable o alpinista. La vida nos pone a prueba continuamente, da igual a que nos dediquemos. Y será tu educación y tu espíritu lo que te haga huir o enfrentarte a esos retos. El karate es una forma de vida. Quien lo sabe ver, lo entenderá y progresará. El que lo ve simplemente como una forma de autodefensa, fracasará: la prueba la tenemos en que abandonará y probará otros estilos. Y ninguno le aprovechará. Hace poco recordábamos cuando el Shihan nos tenía horas en kiba dachi haciendo oi tsuki…muchos acabaron abandonando. Esperaban técnicas magistrales para poder vencer una pelea. No supieron ver que se nos estaba inculcando una autodisciplina, a superarnos a nosotros mismos. No supieron verlo. Por el contrario, los que lo ven como un deporte, cuando por edad empiecen a sentir carencias, también abandonarán. Tampoco sabrán ver el verdadero sentido de este arte. El karate no es solo saber pelear. No es solo tener una buena actitud física. El karate es una forma de vida.