El miedo

El miedo Hace ya años de esto. Las Palmas, zona de Triana. Un coche negro espera en un portal de un edificio como tantos otros. Junto a ellos, un conductor, de pié en la acera. Del portal sale V. R. B., general de división con mando en plaza, acompañado de dos miembros del servicio de escoltas del grupo de intervención de la Policía Militar. Los dos escoltas acompañan al coche al general. Están muy atentos a todo cuanto les rodea. A las 8 de la mañana les ha llegado un comunicado de los servicios de información de la Guardia Civil, los “de la secreta” que les llama la gente: están siguiendo a una cédula de ETA en la ciudad que por lo visto planea cometer un atentado. No veas que plan. Por lo menos ha llegado a tiempo, que otras veces llega una semana despúes… Mientras uno controla el primer círculo (entorno cercano) el otro vigila los cientos de ventanas de los edificios que rodean la plaza: demasiadas para controlar, y él lo sabe. Y sabe que un francotirador mediocre a 500 metros haría blanco fácil. Y eso es mucha distancia. Y nada podrían hacer: haría falta un segundo y tercer circulo, pero no hay medios. Así que no queda otra que vigilar, extremar las precauciones, controlar el miedo…y rezar. Los dos son karatecas, aunque de diferentes estilos. Pero eso no importa, ya que ambos se entrenaron durante años bajo presión. Aprendieron de sus maestros a controlar su mente y su espíritu, incluso en situaciones tensas como esta. Tienen miedo, claro que sí. Pero lo aprovechan tal y como les enseñaron. Y eso no se lo enseñaron en los cursos de escolta. Allí aprendieron muchas otras cosas. Pero no eso. No. Eso se lo enseñaron en Karate, sus Sensei. Quizá por eso uno de los requisitos (sine qua non) para optar al curso era ser artista marcial, cinto superior y pasar una prueba práctica. Y hoy día, los dos protagonistas del relato (ambos cuarentones) ya están retirados del servicio activo y se dedican a sus profesiones civiles. Pero siguen practicando Karate. Esto es una historia real, que en realidad solo cuento para adornar un poco el relato y dar pié a lo que realmente quiero hablar: el miedo El miedo es un sentimiento que tenemos cuando percibimos un peligro para nuestra integridad, sea real o imaginario (miedo neurótico). En realidad es un mecanismo de supervivencia ante ataques externos. Es el que prepara nuestro cuerpo para reaccionar ante situaciones adversas con rapidez y efectividad. El miedo nace en el cerebro reptiliano y en el sistema límbico; este sistema recibe toda la información percibida por los estímulos localizando la fuente de peligro y activando la amígdala cerebral. Esto hace que el cuerpo se prepare para la huida, la paralización o el enfrentamiento obrando en el cuerpo cambios fisiológicos: se detiene el sistema inmunitario, aumenta la presión arterial, la adrenalina y la coagulación sanguínea, y la sangre aumenta en los músculos mayores, en especial de las piernas. Esto último lo hace el cuerpo para preparar una posible huida, tanto, que decía un viejo maestro que una persona aterrorizada podría fácilmente desbancar el record de un corredor olímpico. También se dilatan las pupilas entre otras cosas. Y sentir miedo es natural; quien diga que no ha sentido miedo en una situación de peligro o miente o es un loco. Por eso estos escoltas del principio del relato tenian miedo. Porque no se puede anular al miedo. No les han enseñado a no tenerlo, sino a controlarlo en beneficio propio. Una persona no entrenada reaccionará ante estos cambios fisiológicos huyendo o quedándose paralizada. Le entrará pánico. Pero ellos no. Ellos aprovecharan la dilatación de pupilas y el aumento de presión arterial para incrementar la atención; el incremento de adrenalina para reaccionar con rapidez… Todos los cambios que experimenta el cuerpo en estas circunstancias pueden ser aprovechados. Pero para eso tienes que haber entrenado tu mente y tu cuerpo durante años. La palabra clave es “comprender”. Si entiendes estas sensaciones las aprovecharás en beneficio propio. No se puede “matar el miedo”. Hay que entenderlo. Si lo intentamos dominar permanecerá reprimido y cuando menos lo esperes la mente o el cuerpo te fallarán. Y lo harán en el momento más inoportuno (Murphy, ya sabeis..). Hay que tener presente también que el miedo es una parada de los procesos de motivación y racionalización. En Karate entrenamos durante años para reaccionar de forma decidida (motivación) y lógica (racional) ante agresiones. En una situación crítica, las personas normales se obnubilan rehuyendo al peligro. La sensación de miedo con todos sus síntomas les descoloca, y por ello psicológicamente se hunden. Un karateca reacciona enfrentándolo. En una decima de segundo tu cuerpo ha averiguado de donde procede la agresión, el tipo de agresión y como defendernos de ella. Mantienes la cabeza fría y aprovechas los cambios que tu cuerpo sufre en beneficio propio. Porque los entiendes y por tanto los esperas. Y todo de forma natural, espontánea. Mushin no sin: “without conscious thought” que dicen los ingleses. Por tanto, en estas circunstancias es cuando más debemos mantener la cabeza fría. Para eso nos entrenamos bajo tensión. Para eso nuestro Sensei nos enseña a responder a una agresión estando bajo fuerte stress y cansancio físico y psíquico. Por que cuando menos te lo esperes te darás cuenta de que has reaccionado como debes…sin darte cuenta. Y te preguntarás…¿no tuve miedo? Lo tuvo tu cuerpo, no tú. .- El karateca filósofo